El hijo más querido de Granada ha sido y será Federico García Lorca. El poeta granadino fue uno de los máximos exponentes de la Generación del 27 y entre sus obras más populares figura el Romancero Gitano. Fue tal el éxito de estos poemas que el propio Lorca llegó a sentirse limitado a una suerte de literatura costumbrista, que se apartaba de su búsqueda estética. En una carta a Jorge Guillén admite su disgusto, escribiendo «Me va molestando un poco mi mito de gitanería. Los gitanos son un tema. Y nada más. Yo podía ser lo mismo poeta de agujas de coser o de paisajes hidráulicos… No quiero que me encasillen. Siento que me van echando cadenas».

Y es que el interés literario de Lorca estuvo siempre guiado por su alta sensibilidad social, más que por pasiones regionalistas. Pese a haber nacido en una familia de recursos, sus temáticas giran en torno a los desamparados y a las desiguales relaciones de poder. Es por ello que, en los primeros días de la Segunda República, el poeta inicia una intensa gira de representaciones de sus obras y de clásicos del teatro español, ante auditorios de obreros, campesinos y trabajadores de fábricas. Creía firmemente en el arte como herramienta de educación y difusión de ideas.

Esto no quiere decir que renegara de sus orígenes. Nada más lejano a su sentimiento. En una entrevista con Luis Bagaría, expresó: “Yo soy español integral y me sería imposible vivir fuera de mis límites geográficos; pero odio al que es español por ser español nada más, yo soy hermano de todos y execro al hombre que se sacrifica por una idea nacionalista, abstracta, por el solo hecho de que ama a su patria con una venda en los ojos”.

Con el inicio de la Guerra Civil española, sus planes de acercamiento a las masas fueron truncados, pero lejos de animarlo al exilio, lo empujaron a la vuelta al hogar, desde donde pretendía defender sus creencias.

No pasó mucho tiempo antes de que la Guardia Civil fuera a buscarlo, en casa de su amigo, Luis Rosales, donde había llegado en busca de refugio. Según el hispanista Ian Gibson, reconocido por sus estudios sobre Lorca, se acusaba al escritor de ser espía de los rusos y mantener contacto con ellos, amén de haber detentado el cargo de secretario en el breve gobierno republicano de Fernando de los Ríos, y ser homosexual. El peso de cada una de estas acusaciones varía según la fuente consultada, pero ha sido la última la que mayoritariamente se reconoce como motivo de la saña que generó en sus captores.

Tras muchos años de duda y numerosas investigaciones, finalmente se ha determinado que Federico García Lorca fue fusilado en la madrugada del 18 de agosto de 1936, en algún punto del camino de Víznar a Alfacar. Sus restos, sin embargo, no han sido encontrados, aunque en fechas recientes se revivió la polémica, por el supuesto hallazgo de la osamenta.

Refiere Gibson, que en 1986, durante la construcción del parque que lleva el nombre del poeta en Alfacar, unos albañiles encontraron los restos de cuatro personas, pero, para no retrasar las obras, decidieron meterlos en un saco y enterrarlos, paradójicamente, cerca de la acequia de Aynadamar, nombre que significa, Fuente de las Lágrimas.

La hipótesis surge tras determinar que Lorca fue asesinado junto al olivo que se encuentra donde hallaron los cuerpos, y los relatos de personas que afirman haber sido testigos del desenterramiento por parte del personal de obra. Posteriormente se hicieron estudios con georadar que constatan la presencia de un saco con material osteológico.

Ante el entramado burocrático y la poca colaboración de los herederos, aún no ha sido posible ordenar la exhumación y el cuerpo del poeta granadino y los otros tres fusilados esa noche permanecen bajo su amada tierra andaluza.